EDITORIAL OCTUBRE

 

Podemos afirmar que el escenario actual no manifiesta conflictos que alteren el curso político del país. “El orden y la paz social” se han impuesto como consecuencia de una serie de determinantes que no tenemos oportunidad para analizar aquí. Pero también podemos decir que este instante –que podrá durar un año o dos- será, probablemente, sólo un instante.

La constatación de un estado de orden y paz no quiere decir que en dicho momento la política permanezca estática. Por el contrario, la burguesía avanza sin cesar en el desarrollo de sus planes, ordena unas relaciones internas frecuentemente conflictivas, y se libera de las demandas sociales que le obligan a postergaciones o a realizar concesiones para estabilizar el equilibrio social. Esta ventaja momentánea le permite desarrollar todo tipo de estrategias para la consolidación del modelo que agota al país y lo lleva a una segura bancarrota.

Uno de sus objetivos inmediatos es legitimar y actualizar el régimen de represión política. Obviamente, este esfuerzo de los bloques políticos burgueses entraña discrepancias internas, sobre todo entre la derecha rancia y el “progresismo” concertacionista. Pero no debemos confundirnos, sus diferencias son apenas formales y se refieren exclusivamente a las conveniencias propias de las fracciones del poder que representan. Sería cuando menos ingenuo creer que sus diferencias responden a cuestiones de principios sobre las garantías democráticas o sobre los avances universales de la justicia civil.

Para nosotros es indudable que los partidos de la burguesía conocen muy bien lo que sucede detrás de la misteriosa oleada de acciones explosivas que tiene lugar en la capital. Desde la ultra derecha hasta la “izquierda” gubernamental, los políticos cuentan con el poder de la información a través de sus propios aparatos de espionaje y de operaciones secretas (desde los servicios de inteligencia del Ejército y los agentes aún activos de la CNI, hasta los agentes de la ANI y sus turbios contactos). Todos deben saber muy bien el origen y las motivaciones de los bombazos que mantienen intrigada a la población santiaguina, pero que son materia de especial interés para los medios de comunicación de la gran burguesía, de sus políticos y del propio poder ejecutivo. Todos ellos han magnificado estos hechos con fanfarria y acento alarmista, a pesar de que cualquier observador mínimamente serio ubicará los hechos en un nivel de alarma y de significado muy menor al que se le ha dado.

Está ocurriendo un proceso de montaje y falsificación informativa, de manipulación de elementos para generar intencionadamente el estado de pánico que favorezca la legitimación y el perfeccionamiento de la política de control social, lo que se concreta en la validación de la Ley Antiterrorista, la legalización de una nueva policía política y la preparación de todos los recursos para la persecución de la izquierda y de los movimientos sociales. En esta campaña, se ha puesto a la cabeza al Ministro del Interior Rodrigo Peñailillo, que viene a realizar el mismo papel de su tocayo Hinzpeter, pero esta vez de manera más fríamente inteligente, más perversamente eficiente.

Los comunistas sabemos a qué va todo esto. Los bloques burgueses están agotando sus capacidades hegemónicas. La lógica de los dos bloques –fórmula recetada por el Pentágono para toda América Latina- deja de funcionar y la institucionalidad se desprestigia. Ello pone en riesgo el orden y la paz social que institucionalizara la dictadura en función de la tranquilidad de la oligarquía y de sus planes de superexplotación del país. Temen ellos, los administradores del régimen, que se termine la paciencia popular y, por lo mismo, afilan sus armas.

Si todo esto es predecible, ¿qué pasa con la izquierda de convicciones revolucionarias y, sobre todo, qué pasa con los comunistas (es decir, con los que desarrollan una teoría y una práctica revolucionaria)? Los comunistas, al igual que todas las organizaciones que luchan por la emancipación social, nos hallamos amenazados por esta nueva avanzada represiva. Las ideas comunistas son amenazadas y atacadas también por el ensañamiento ideológico de un adversario que durante décadas ha impuesto la expansión neoliberal, causando un desbande de filas que incluye la traición oportunista. Un efecto de este ataque profundo de la burguesía, es la enorme dificultad para que los propios comunistas se empeñen por la reorganización y la unificación del movimiento comunista. En algunos comunistas se agudizan los temores y prejuicios que frenan la tarea de construcción política que implica el proceso unitario.

Entrampados ante el peso de una tradición unipartidaria, se nos hace dificultoso el camino de construcción de un nuevo partido, al margen de aquella organización que ya es historia para los revolucionarios y del que solamente pueden rescatarse sus glorias pasadas y las adhesiones sinceras, cultivadas a través del ejemplo consecuente y de una identidad clasista hoy ausente. Actualmente, esas adhesiones populares no ven surgir una alternativa francamente comunista debido a la falta de inteligencia para impulsar la tarea urgente de la unidad y la construcción de partido. El chovinismo de minoría y la oposición sectaria a toda empresa unitaria, resulta simplemente en adhesión a la política del poder y sirve justamente a la comodidad del oportunismo, hoy día afincado en sus escaños parlamentarios y en sus puestos burocráticos bajo los mismos emblemas traicionados.

Desde esta trinchera de la organización y de las ideas comunistas, hacemos un nuevo llamado a deponer los complejos marginales para poner en marcha una amplia discusión y un proceso de convergencia del movimiento comunista, el que nos permita construir más pronto la organización política de la clase proletaria para la revolución socialista.

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